En una sociedad que no tenía
opinión pública, y que, gracias a la masificación de aparatos más inteligentes
que sus dueños (tienen pa' pagar plan de datos pero no pa'l semestre de la
universidad) y al avance de las telecomunicaciones, ahora logra tumbar
proyectos de ley a punta de trinos, resulta normal que ese prepúber movimiento (léase
bien, prepúber movimiento, que después no salgan con que estoy diciendo que es
un movimiento de prepúberes) también intente, además de derrocar congresos,
mejorar algunos paradigmas y convenciones sociales; eso sí, según dicte la
moda.
¡Claro! es que como está de
moda ser ecológicos, incluyentes y solidarios, entonces la mayoría de
colombianos han decidido estar a la moda honrando los dos valores cristianos
más importantes con los que fueron educados, la hipocresía y el cinismo; en ese
orden.
Así pues, en resumen ahora
está IN ser un Godo Liberal (¡ojo! que no escribí GORDO.... aún). Sí, las
señoras conservadoras que ya cambiaron el gris tradicional por un liberal
violeta, ahora aborrecen la homofobia, y hacen citas con meses de anticipación
para que el estilista con más plumas les corte las puntas, pero luego envían
cartas por montones a los periódicos y revistas cuando hablan de la posibilidad
de que las parejas homosexuales puedan contraer matrimonio civil o adoptar un
niño. Otros andan marchando contra el estado paramilitar mientras se fuman un
bareto o esnifan alegres un gramo de mercancía ofrecida por su paraco de
confianza. Más son las señoras de mediana edad que se aplastan toda la tarde a
ver un show de una tal Laura mientras los niños están en la escuela y luego se
quejan con el defensor del televidente porque sus hijos menores de 13 años pudieron
ver una vieja buenísima en Baby
Doll a eso de la media noche.
A esa enfermedad occidental nada
moderna, pero que está en auge, le solemos llamar Doble
Moral. Y es algo parecido a lo que últimamente hace el gobierno
nacional de nuestro país, desde el presidente hasta sus ministros, sin hablar
de los exprotagonistas de la novela política que tratan de mantenerse vigentes
diciendo cuanta pendejada se les cruza por los dedos (porque dudo que esas
cosas salgan del cerebro, más bien salen de la yema de los dedos y de una se
aplastan en el teclado de la Blackberry).
Porque los políticos de este país sí han hecho carrera en este tremendo arte de tirar
la piedra y esconder la mano; deberían darles a todos Doctorado Honoris
Causa.
Pero bueno, ya es suficiente
marco teórico. Entremos en materia.
Como ya debe ser obvio, lo que
me trae a escribir es la polémica que desató la columna de Alejandra Azcárate
en la famosa revista Aló, que fue difundida y viralizada a través de
su versión virtual en AloMujeres.com. Bajo el título Las 7
ventajas de la gordura, Azcárate escribió con su acostumbrado
sarcasmo ácido, casi cáustico, el 70% de un decálogo, en el que hacía de la
gordura un tema del cual reírse.
Debido a esto, ya todos saben
lo que pasó. Por primera vez en la historia de las columnas de opinión de La
Azcárate en esta revista –ha escrito unas 18 desde abril de 2011–, se le armó
la gorda; casi literalmente. Varias fueron las gordas que le respondieron a la
flaca con más columnas a modo de parodia; aunque en ellas había más
resentimiento e indignación, según decían ellas mismas. Muchas más fueron las
gordas que se unieron y viralizaron la columna original, más las respuestas de
las gordas, y bombardearon de comentarios el dichoso artículo en la web. Al día
de sus disculpas públicas en una entrevista de radio eran 1.269 comentarios,
casi todos en su contra y con intensiones de lapidarla, así sea en sentido
figurado; un record para la flaca, pues sus columnas más populares llegaban
escasamente a tener 4 comentarios (lo que no quiere decir que no le llegaran a
nadie, pues sí se ve que le daban Like en Facebook y
compartían por Twitter y correo
electrónico... pero no desataban casi ningún comentario)
Y lo que a mí me parece más
curioso es, que tal y como pasa en los casos políticos, donde después de
empujar al ministro Esguerra y a Simón Gaviria para que lograran la aprobación
de la Reforma a la Justicia –sólo por poner un ejemplo–, nadie salió a
defenderlos, los volvieron carne de cañón... y ahora tampoco salió nadie a
defender a Alejandra, teniendo tantos seguidores; incluyendo muchas de las
gordas que ahora están en su contra. Bueno, el caso de la reforma es una embarrada
real y la columna de Azcárate no fue impulsada por ninguna mano invisible de
antigordas, fue una cosa de ella, pero muestra también lo que ya había mencionado
con otras palabras, y que sí aplica para este caso: ¡Estamos plagados de solapados!
¿Por qué? Porque Alejandra
dijo lo que mucha gente dice en los círculos de amigos, y como tema no es nada
nuevo, pues también es material recurrente de muchos humoristas que en
televisión cuentan chistes bobos y en las fiestas privadas se desquitan sacando
todo lo que no se puede decir en televisión, como los conocidos chistes verdes
y los crueles, que sólo se dicen donde están sirviendo aguardiente desde
temprano.
Pues bueno, no es que
Alejandra necesite un abogado (a no ser que el sindicato de gordas interponga
alguna extraña demanda en su contra, como cuando las beatas se ofendieron por
su representación de Cristo en la revista SoHo), y menos a uno que apenas es un
periodista con un blog de medio pelo que casi nunca actualiza, y que ni paga
dominio y por eso deja el blogspot.com;
pero de todas formas yo la intentaré defender ahora que los ánimos están menos
belicosos (aunque se dice que recibió amenazas fuertes y tuvo que andar en
carro blindado cuando regresó a Colombia… ojalá no la hayan amenazado con
sentársele encima).
Y no quiero defender a
Alejandra Azcárate porque sea mi amor platónico ni mucho menos (a mí no me
gustan así de fashionistas). Yo la quiero defender porque
simplemente es mi manera de defender lo que ella representa, la capacidad que
tenemos de reírnos de todo y de todos, sin discriminar. A pesar de que ella
ahora se haya disculpado y casi retractado en un texto que difundió a través de
su cuenta de Twitter
Por eso, primero que todo les
recuerdo que Alejandra se dio a conocer en el gremio de los comediantes con ese
mismo estilo y tono al que ella llama realista, y que está cargado sin dudas de
humor negro, sarcasmo y acidez. Entonces el problema no es el tono, el modo,
porque deberían haberse movilizado hace mucho tiempo otras minorías o grupos
que se sintieran identificados, aludidos y agredidos por sus bromas. Al parecer
el problema es el tema... ¿o no?
La Azcárate ya había hecho
chistes de gordos en una columna llamada Peso Pesado, publicada en la misma
revista en julio de 2011. O sea, hace exactamente un año. Una pequeña cita
textual:
“Si tienen papada, igual se ponen
corbata. No les importa que se vea esa lonja con moño. Si no tienen nalgas, se
meten la billetera en un bolsillo trasero y el celular en el otro para
disimular la figura cóncava. No les afecta verse como una rana en
requisa porque finalmente en el sexo con o sin pompis, el empuje es el mismo. Las
pantorrillas tampoco los estresan. Si son gruesas andan con ínfulas de
futbolista y si son delgadas no se traumatizan. Salvo que vivan en tierra
caliente, anden todo el tiempo en pantaloneta y parezcan parados en las manos.
Tal vez la única zona que sí
los deprime es el abdomen. Para ningún hombre es halagador ponerse la camisa y
parecer un mamoncillo reventado. La figura de rombo que se forma entre un botón
y otro es humillante. Y ni qué decir cuando se esparce hacia los lados formando
un hula hula de grasa. ¡Fatal!”
En esa ocasión, esa columna,
tampoco recibió ningún comentario, ni desató ningún escándalo, aunque esa vez
también comparó a los gordos con los famosos anfibios del orden Anura. Y si mal no recuerdo, ese texto
pasó a ser parte de su repertorio en Comediantes
de la Noche, por lo que tuvo mucha más difusión.
Entonces, si el problema no es
ni el tono, ni el tema, podría ser el género. Pero de hecho son las mujeres y
ella misma sus blancos más recurrentes a la hora de hacer comedia. Algunos
apartes de su propia vida, como la relación con sus padres, y su posición
frente a los asuntos cotidianos y comportamientos característicos de las
féminas, incluyendo la sexualidad, nutren el tema de sus rutinas o columnas. Y
es que puede ser el tema de las mujeres desde su experiencia el que más utiliza
para decir sus verdades con tono irónico, causando risas sin recurrir al
chiste.
Además, según ella misma ha
dicho, sabe que es una mujer controversial de públicos polarizados, y reconoce
que gracias a esas buenas y malas lenguas tiene una carrera exitosa y vigente.
Por lo visto, tampoco es un
asunto de género. Pero si no es el tono, ni el tema de la gordura, ni el tema
de las mujeres, porque todo eso ya lo hacía antes, entonces ¿cuál fue el lío? Parece
ser que fue hablar de la gordura de las mujeres siendo flaca, aunque, como ya
lo manifestó, y muchas gordas lo ignoraban al momento de irse lanza en ristre,
La Azcárate tuvo su propio problema de peso a causa de una ruptura amorosa y un
enclaustramiento invernal durante su estadía en Estados Unidos. Pero como nadie
la conoció gorda, seguramente ese fue el pecado que cometió, el de ser una
figura pública con una vida muy privada. Y resulta común que los comediantes
que no hacen alusión directa a sus propias vidas o experiencias en todo momento
al hacer sus bromas, así sea mentira y sean experiencias ajenas, terminan
siendo señalados como arrogantes o hirientes.
Pero a mí lo que me intriga es
todo el fenómeno antropológico que se da a raíz de ello.
Antes de las respuestas
particulares e iracundas, donde sí se intentaba insultar a la periodista que
escribió una columna cómica con generalizaciones y sin aludir a ninguna gorda
en particular, uno tenía otra concepción de la gordura. Si no fuera por la
primera gorda que reaccionó y logró que todas las mujeres se autodenominaran
gordas, uno seguiría clasificando la imagen por volumen y peso en la siguiente escala
ascendente (que es la que usa normalmente la gente y sin una mala intensión
real): Anoréxicas, bulímicas, modelos de pasarelas europeas, modelos de
pasarelas argentinas, escuálidas, flacas, esbeltas (ahí cabe Azcárate), modelos
colombianas, mujeres normales, trocitas, rellenitas, gorditas, mediogordas
(aquí cabe –que conste que no es chiste de volúmenes– Fabiola Posaba, más conocida
como la Gorda Fabiola), gordas (acá pertenecía la Gorda Fabiola antes del Bypass Gástrico), gordotas u obesas.
Siendo todas estas denominaciones eufemismos y disfemismos que se podrían usar
para insultar, pero que la mayoría se usan como simple referencia; adjetivos
calificativos útiles para reseñar, como calvo, barbado, bronceado, o rasta.
Como fenómeno del lenguaje
cabe destacar la palabra “gorda”, que ahora es usada indiscriminadamente por
las mujeres jóvenes (y las que se las dan de jóvenes o modernas), que reemplaza
la palabra “amiga”, y que también la usan esas mismas mujeres, ampliando el
rango hasta un poco más adultas, para referirse a sus novios o esposos. En ese
contexto, “gorda o gordo” resultan ser modismos cariñosos, como lo fuese para
la generación de los que ya son abuelos las palabras “negro o negra”, que no se
usaban con ningún sentido racial. Obviamente las mismas palabras en distintos
contextos se pueden usar para señalar, discriminar e insultar; así como también
pueden ser usados de esta manera las palabras “flaca” o “peludo”.
Otra curiosidad lingüística
apareció entre las respuestas de las gordas, que desde ese día sentaron su
posición de querer ser calificadas como “Mujeres de talla grande” en lugar del
adjetivo “gordas”. Cosa que me recordó los movimientos afrodescendientes, que
aludiendo a un tema de discriminación racial han pretendido borrar la palabra
negro como adjetivo, cuando se supone que el problema estaba en que se usara
como sustantivo o pronombre; existe un caso que parece mentira, pero que es
real, en el que un movimiento afrodescendiente señaló de racista la promoción
de un ciclo de Cine Negro, y por lo que muchos empezamos a reírnos, incluyendo
amigos negros, de la demanda de este movimiento que podría llegar a exigir que
se empezaran a usar nuevas expresiones como: Blanco y Afro, Hoyo Afro, Crayón
Afro, Brasier Afro, Zapatos Afro y hasta Jamón de Pata Afro. Con esa misma lógica
(y lo digo porque realmente muchas gordas sugirieron seriamente algunas de esas
reformas en los comentarios que hacían) el sindicato de gordas –movimiento sin
formalizar que actúa como tal– empezó a pedir que se dejen de usar expresiones
como: Me cae gorda, Se armó la gorda, Pez gordo o Premio gordo.
Pero sin duda lo que más me
llamó la atención fue que la mayoría de mujeres de Talla M para arriba se empezaron
a sentir gordas. Y no por la columna original de La Azcárate, sino por la
algarabía promovida por las primeras gordas que se indignaron. De repente
muchos de mis contactos en Facebook,
en el rango de mujeres normales a trocitas, siendo la mayoría unas mamacitas,
empezaron a escribir que eran “gorditas felices”; ¿por qué subieron de peso
virtualmente? Debió ser solidaridad de género, cosa que sólo se aplica en
público, y en estos casos, porque no hay género más criticón que el femenino. Cuando
uno tiene tantas amigas de todo tipo, es normal escuchar variedad de
comentarios ante la ausencia de unas y de otras; la ropa, el pelo, el
maquillaje, los zapatos, el peso y el comportamiento son constantemente
señalados a espaldas con comentarios como: “Hoy Aleja se vino como una grilla”,
“¿Y Andrea dice que está yendo a trotar?”, “Ese novio de Mónica sí la tiene es
pero acabada”, o “A Cristina sí como que le fascinan las blusas de veinte mil”.
Los hombres en cambio nos
señalamos constantemente con términos y chapas
que para las mujeres serían insultantes, como “gordo”, “narizón”, “cabezón”, y
hacemos mofa de esas condiciones, sean propias o de los otros. Y los cotilleos a
espaldas entre hombres sólo se enfocan en otros hombres o mujeres cuando no son
del círculo, y si luego se integran se repiten de frente.
Esa primera semana del
escándalo debió ser un martirio para los hombres que les decían a sus novias,
esposas o amantes, por puro cariño, “gordita” o “gordis”.
Y ¡Ojo! Que, como ya dije
antes, no estoy defendiendo a Alejandra como persona, pues cualquiera tiene
derecho a que La Azcárate le caiga “de talla grande”. Porque a mí me caen mal
algunos negros, homosexuales, calvos, flacos y hasta gordos, y no por eso se
puede volver eso un crimen de odio. Es que la simpatía o la falta de química no
están condicionadas por la apariencia física ni por la condición de género,
sino por la personalidad. Y tampoco voy a defender específicamente el dichoso
artículo que desató el escándalo, porque como le pasó también a Héctor Abad
Faciolince con su columna Contra el
Teatro, me parce que a Alejandra se le fue la mano pero en la ligereza,
escribiendo un texto que no hace gala de la calidad a la que nos tenía
acostumbrados.
Entonces yo defiendo es el
derecho a reírnos de todas esas cosas y señalo la hipocresía de todos los que
salieron a apoyar la cruzada de las gordas, que igual se seguirán riendo de los
chistes o comentarios (sean bobos, trillados, “de peso relativo a la talla
grande” –o sea pesados–, y representen el humor fino, el ácido, el verde, o el “Afro”)
que sacan risas sobre las generalizaciones sobre hombres, mujeres, calvos,
flacos, gordos, feos, modelos, reinas de belleza, políticos, abogados,
boquinetos, ciegos, mochos, paisas, pastusos, costeños, pereiranas, rolos,
judíos, hippies, indios, “Afros”, etc, silenciando momentáneamente el humor que
saque partida de la “gente de talla grande”.
“El humor es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar
la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”1.
“La caricatura como género artístico
suele ser un retrato, u otra representación humorística que exagera los
rasgos físicos o faciales, la vestimenta, o bien aspectos comportamentales o
los modales característicos de un individuo, con el fin de producir un efecto grotesco.
La caricatura puede ser también el medio de ridiculizar situaciones e
instituciones políticas, sociales o religiosas, y los actos de grupos o clases
sociales. En este caso, suele tener una intención satírica más que
humorística, con el fin de alentar el cambio político o social”2
Las generalizaciones y
segmentaciones las usamos para muchas cuestiones prácticas que no solemos
atacar, como la estadística, para fines sociológicos, médicos y de mercadeo. En
el humor echamos mano de esas mismas generalizaciones para caricaturizar y
reírnos de esas caricaturas. Los llamados límites o líneas que no se deben
cruzar están determinadas por la moral y la ética de cada sociedad, y son determinantes
en los asuntos pertenecientes al derecho en temas como la política, la economía,
y más recientemente la ecología. Pero no es lo mismo hacer un chiste de gordos
que sacar un proyecto de ley que limite los derechos de las personas por su
gordura. Movilizar un grupo social para exigir que una persona se retracte por
un comentario, un chiste o una caricatura es una completa exageración; a no ser
que sea un caso en el que se dirige a una persona en particular y realiza
juicios que no le competen y que pueden atentar contra su derecho al buen nombre.
¿Es lógico entonces empezar
una cruzada contra la literatura, el teatro, las artes plásticas, la música, la
televisión o el cine para que se erradique por completo de su quehacer la sátira
y la caricatura? Y de paso que se retracten de canciones como La Faca de Jarabe de Palo, Plástico de Rubén Blades, La Gorda de Los Payos (España 1968); o
de la obra literaria de Juvenal, Cervantes, Jonathan Swift, Thomas de Quincey, y Ambrose
Bierce; o La obra plástica completa de William
Hogarth y Andy Warhol; o la dramaturgia de Shakespeare, Eduardo Lustonó, Eduardo Saco, Miguel
Ramos Carrión, Leo Bassi y Darío Fo; y ni qué decir de programas de televisión
como Monty Python's Flying Circus, Absolutely Fabulous, The Office, Mad TV,
Los Simpson, Futurama, Family Guy, American Dad, The Cleveland Show, o Louie, siendo los más ácidos y exagerados South
Park y Little Britain; y en el cine deberíamos crucificar a los Hermanos Coen,
Pedro Almodóvar, Álex de la Iglesia, Tim Burton, o a nuestros Víctor Gaviria y Harold
Trompetero. Entre muchísimos otros.
Y no estoy comparando a La Azcárate con estos
ilustres representantes del caricaturismo (no se entienda caricaturizar en el
mero contexto del dibujo), el humor negro, el sarcasmo y la sátira; pues todos ellos son diferentes entre sí. Estoy
diciendo que Alejandra también hace uso de esas ramas del humor, que es
precisamente por lo que se le condena.
Algunos se habrán preguntado por qué no sale
Fernando Botero en ese listado, tan obvio para muchos, pues por respeto a lo
que dice el propio artista de su obra, porque ha sentenciado él mismo en varias
ocasiones: “No he pintado una gorda en mi vida”.
Porque la discriminación como Caballito de Batalla ha terminado por
convertirse en el agente de mayor autodiscriminación. Cuando una autodenominada
minoría exige ser excluida del humor, o exige inclusión en forma de puestos
preferenciales para ingresar a las universidades o cargos públicos, no está
luchando por la igualdad de derechos y condiciones, está acudiendo a la simple condescendencia
y eso termina siendo muchas veces más discriminatorio.
No quiero decir con eso que ya
no exista el racismo, o la homofobia, o la inequidad de género, porque
evidentemente existen, pero no por eso los movimientos que luchan por la
erradicación de dichas prácticas arcaicas deben reclamar nuevos paradigmas que
les asignen un estatus preferencial en la sociedad, eso es no es equidad, es
sólo una nueva forma de inequidad que ahora los beneficia como minorías.
Ya se ha venido evidenciando
en las prácticas de participación política de menos escala, como las comunales
y barriales, que la excesiva segmentación extiende el peligro de que se
beneficien más los intereses particulares sobre los colectivos, y que, en lugar
de promover la equidad, termina dividir más el movimiento cívico colectivo.
Cada vez resultan más colectivos definiéndose como minorías, y las antiguas
minorías empiezan a dividirse internamente en otras subminorías.
Sacado de Weird History
En lo que respecta al humor
nos falta madurar, y cuando digo nos falta quiero decir que en realidad: les
falta.
Y es que si uno ve en
retrospectiva, o se fija en los sobrinos o en los hijos más chiquitos (quien
los tenga), se da cuenta de que los niños son los más mordaces e imprudentes;
como aún no se les ha adoctrinado en lo que es políticamente correcto ni han
terminado su aprendizajes de los sagrados valores cristianos de la hipocresía y
el cinismo. Ellos no tienen filtros como para evitar herir susceptibilidades, y
por lo tanto se les corrige, pero no se los lapida por referirse a la tía
abuela como “la de la verruga”, o al primo metalero como “el primo que tiene
pelo de mujer”, o al abuelo como “el viejito que se tira pe’os”. Tampoco son
juzgados por decirnos que algo de nuestra ropa les parece “muy feo”, pero sí
son adulados cuando la blusa de la mamá le parece “muy linda”. Y si a uno no lo
hubieran corregido tanto para volverlo políticamente correcto seguiría
recibiendo esas denominaciones o señalamientos que en principio eran inocentes,
y que gracias a la instrucción se volvieron herramientas para ofender. Porque
las supuestas malas palabras no lo son porque sí, sino porque las sabemos usar
para ofender, y así mismo aprendemos a usar cualquier palabra para hacerlo… incluyendo
palabras como “cariño” o “amorcito”.
Pero la mayoría de nosotros
aprende, a más tardar en los últimos años de colegio, que cuando a uno le ponen
un apodo o lo molestan por alguna embarrada, lo peor que uno puede hacer es
quejarse, pues lo único que logra es prolongar las mofas. Se aprende que lo
mejor que se puede hacer para dejar de ser el blanco de los chistes del salón,
es reírse con ellos y hasta burlarse de uno mismo. Porque el objetivo de los
chistes en el colegio ni siquiera es ofender sino molestar.
Cuando alguien ya no se
molesta porque le dicen “pocillo” (por orejón), o “Condorito” (por narizón), o “sombra”
(por negro), se le pierde el uso… Los jugadores de fútbol que conservan esos
apodos tuvieron que haberse opuesto mucho tiempo a la mofa para lograr mantenerlos
(claro, además de que dejaron el colegio normal para entrar a otro colegio en
el que sólo les toca ver la materia de “Educación Física” y que además les dura
hasta los treinta y algo… y aparte les pagan por ir). Otros que conservan
apodos y burlas viejas, son los que se quedan en esos eternos grupos de barrio,
que se originaron en el colegio o en la cuadra, y que se siguen reuniendo por
lo menos cada mes en algún asado o partido de fútbol (sea que vayan a jugar o
que vean uno por televisión), pero como ya lo había mencionado, a los hombres
eso no es algo que nos mortifique, incluso nos gusta tener apodos, porque eso
evidencia una especie de aceptación y estatus en determinado clan.
Claro, hay gente que llega a
la universidad y hasta a la vida real manteniendo esos complejos. Nunca
lograron hacer madurar su sentido del humor. Llegaron a la adultez creyendo que
todo es personal y que todo va encaminado hacia ellos y con la firme intención
de herirlos y destruirlos. Para uno ofenderse con un Stand Up Comedy o con una columna de La Azcárate, o cualquier otro
comediante que hable de calvos, gordos, pobres, ricos, negros, y modelos
brutas, tiene que ser que se identifica plenamente con todo, o sea que se
considera a sí mismo tan grotesco como una caricatura, y que sufre de paranoia
por baja autoestima, por lo que le resulta más fácil echarle la culpa de
sentirse miserable a los demás que aceptar que son infelices por puro complejo
de inferioridad.
Ahora, para finalizar este
larguísimo texto, que parece haber terminado siendo un tratado, quiero señalar otro
par de fenómenos muy delicados que salieron a flote con esta controversia:
Las respuestas en contra de la
columna de Alejandra Azcárate terminaron siendo más ofensivas que lo que se le
adjudicaba a ella, pues en esa ocasión ya iban contra una persona específica
con nombre propio y no a una generalización de mujeres esbeltas que se dedican
a la actuación, el modelaje y la comedia. Y además resultaron ser una apología
a la gordura en lugar de una defensa del que quiere ser gordo.
Me perdonarán por anticipado,
pero es que ser gordo u obeso no es una condición natural de nuestra especie.
Eso es resultado de cierto estilo de vida, o sea de la dieta (¡OJO! Que dieta
no es un mecanismo para adelgazar, sino el listado y frecuencia de lo que
comemos) y la actividad que se desempeña. A su vez, las actividades que realiza
una persona y la dieta están fuertemente influenciadas por su cultura, siendo
lo más influyente la crianza y luego el entorno educativo en su infancia y
adolescencia.
Ninguna otra especie, aparte
del hombre y los animales que domestica (animales de compañía, para consumo y
para experimentación), sufren de obesidad.
Las familias de gordos y
gorditos no los son porque sean predispuestos genéticamente a engordar ni
porque sean de huesos grandes. Esa es una excusa que se inventaron para no
decir que es porque desde siempre la familia gusta de ser “de buen comer”
(porque así es que dicen los gorditos). Y eso está muy bien, que les guste
comer de todo y sin balancear nada, que lo que no se gastan en verduras lo
inviertan en insulina y pastillas para la presión alta.
Lo que no está muy bien es que
hagan una apología de la gordura como si tuviera una condición de inocuidad. Y
entonces crían a sus hijos, y a sus mascotas de paso, como si engordar fuera
sinónimo de nutrir. No es raro ver a un par de gorditos del mismo apellido,
aplastados frente al televisor, comiendo pizza o nuggets de pollo. Porque como es más fácil sacar un paquete del
congelador y tirarlo al microondas para no tener que ponerse a picar un montón
de cosas y prender fogones para hacer un almuerzo normal… también es mejor mandar
a los muchachos al colegio con dinero y que coman lo que quieran, porque eso de
levantarse a preparar loncheras es de padres anticuados.
A mí por ejemplo me gusta
fumar. Y sé que eso perjudica mi salud. Pero fue una decisión personal que tomé
a mi mayoría de edad. Y aunque me gusta, eso no quiere decir que vaya por ahí
dándole a fumar a mi sobrino o a los hijos de mis amigos. En cambio sí estaría
muy bien visto si llevo esos mismos niños a comer todos los fines de semana a McDonald’s, o si les llevo una caja de
pollo frito cada vez que los visito. Mientras tanto los papás agradece haberse
evitado tener que encargarse de la comida (o sea le evitamos el esfuerzo de
levantar el teléfono para pedir un domicilio).
Haga el experimento más
sencillo del mundo, lléveles a unos niños 10 paquetes de algún mecato que
vendan al lado de la caja del supermercado, y lléveles 10 frutas y verduras del
mismo supermercado. Y luego pregúnteles qué son todas esas cosas. Con el mecato
seguramente conocen y han comido por lo menos 7 de 10, y con las frutas y
verduras, a los que no se asusten y salgan llorando seguramente acertarán unas
3 de 10, y eso porque las vieron en Discovery
Kids o Disney Junior. Y si usted
consulta con los padres se encontrará con un “es que a ellos no les gustan esas
frutas o esas verduras”… cómo les van a gustar si nunca las han probado porque
sus papás nunca las han comido tampoco.
Claro, como toda la culpa es
de los medios masivos como la televisión que se encargan de establecerles
modelos errados e inalcanzables de belleza, y no la adopción de modelos de
consumo occidentales donde al niño se le da a escoger entre McDonald’s o KFC (tranquilos que también aplica la comparación Presto o Frisby).
Y la verdad es que la gente que piensa que la culpa es de los medios y sus modelos
tiene toda la razón, porque seguramente compraron una niñera de 42 pulgadas con
ochenta y pico de canales para cuidar niños mientras se habla por teléfono con
un plan ilimitado de lo difícil que es bajar una barriga a punta de abdominales
(sobre todo cuando la barriga es resultado de un colon inflado) y de cómo una
mujer que se ve “buena” en televisión, o una que escribe una broma sobre gordas
son las causantes de que exista la anorexia y la bulimia.
Pero de trastornos alimenticios
como la anorexia, bulimia y obesidad, además del verdadero impacto de los
medios y los modelos de belleza, serán cosas de las que les hable a fondo en
próximos artículos.
Por ahora sólo espero que no
me echen la maldición de la tiroides que andan promocionando algunas gordas, ya
es suficiente con la manera tradicional con que me insultan en la web; con un: “¡Qué
dios te bendiga!”.
___________________
1- Humor, en wikipedia.es
2- Caricatura, en
wikipedia.es



3 comentarios:
Creo que tiene razon en muchas cosas que menciona, no creo que una columna tenga nada que ver con la anorexia, bulimia o la gordura. Las mujeres somos seres complejos, por mi parte he sufrido de anorexia y bulimia mucho tiempo fui gorda la mayoria de mi infancia y adolescencia y aun asi no puedo decir que preferiria ser gorda que flaca...PREFIERO SER FLACA. Se por mi propia experiencia que estas mujeres tambien lo creen, y fantasean con un cuerpo esbelto pero es mejor despotricar contra la columnista que aceptar esa cruel realidad...la realidad de que se sufre una enfermedad, que no puedo comer como otra gente y que mantener un peso estable es casi imposible!
el problema no es de solapados o no, el problema es que todo el mundo debería tener derecho a vivir como se le plazca (siendo gordo, flaco o lo que sea), sin que otros lo juzguen o se burlen de él, mucha gente habla mal de los gordos, pero lo que pasó con la modelito de la columna, es que ella se tomo el derecho de decir como si tuviera la verdad revelada, que las gordas son feas y que mujeres como ella (es decir flacas) si representaban la verdadera belleza.
Pfff...si al menos hubiera sido graciosa, pero nada que ver. Humor nulo. Prejuicio y más prejuicio barato y sucio. No creo que todas las mujeres que protestaron fueran gordas; yo soy flaca y me pareció asquerosa la columna. Creo que ella es de esas personas que confunde la estupidez y la ignorancia con el sentido común, de las que dice "ay, pero si es la verdad", sin siquiera cuestionar qué es la verdad. ¿Entonces aquellos que sufren de sobrepeso deben "chupar" sólo porque el resto del mundo sostiene que hay que reirnos de los gordos? Créame, insultando a los gordos no van a lograr que bajen de peso. Usted acierta en que la dieta tiene que ver con la obesidad, pero no debería negar que los modelos exageradamente absurdos de delgadez que se "deberían" seguir son extremos.
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